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El mito del aula petrificada en el tiempo

Circula en la actualidad un mito sobre las aulas. Muchas presentaciones en paneles sobre innovación educativa comienzan mostrando una foto de una clase de principios de siglo XX y la siguiente idea: “si un médico del siglo XIX entrase en un quirófano hoy no sabría qué hacer, pero si un docente del siglo XIX entra en un aula hoy puede seguir dando clases corrientemente”.

No voy a negar cierta verdad en la metáfora. Las aulas son poco permeables a los cambios, no se adaptan tanto a la renovación tecnológica como la medicina. Pero la metáfora olvida que las aulas han cambiado enormemente durante el último siglo.

En las aulas de principios del siglo XX estaba bastante extendido el castigo físico. No había risas ni se podía casi hablar sin estar bajo absoluta tutela del docente. Los cuerpos estaban rígidos en sus sillas durante horas. Adentro de esos niños habitaba una represión incalculable, sufrían y nada podían hacer con su padecimiento. Eran parecidos a esclavos. Debían cumplir órdenes y no podían discutir nada. No tenían derechos, ni existía la idea de los derechos. No había ninguna idea posible de disfrutar el aprender en esas aulas.

También el currículum era muy distinto: se enseñaba corrientemente religión y moral, desde un punto de vista dogmático y que hoy consideraríamos inadmisible. Se dividían las aulas entre varones y niñas para muchas materias, de forma sexista (las niñas aprendían quehaceres domésticos, los varones oficios). Era común mandar a cualquier alumno con leve síntoma de disfuncionalidad (arbitrariamente medidos por sus docentes) a escuelas o aulas diferenciadas, casi como reformatorios donde poco tiempo durarían y no tendrían otra oportunidad de estar entre sus pares. Además, con variaciones según los países, más de la mitad de los niños y niñas no iban a la escuela primaria y sólo unos pocos llegaban a la secundaria. Es más, los que iban a la secundaria podían ser expulsados sin derecho a réplica. Eran aulas blindadas.

Estos son solo algunos rasgos de nuestras viejas escuelas. ¿Realmente no han cambiado nada? ¿Podría un maestro del siglo XIX entrar en un aula hoy y seguir enseñando normalmente? ¿Cómo sabemos que no aplicaría un castigo físico a un alumno que tuviese un comportamiento desviado de la norma? ¿Cómo sabemos que no enseñaría infundiendo temor en sus alumnos?

Un ejercicio bastante sencillo puede hacerse para comprobar qué tanto han cambiado las aulas durante el último siglo: ¿dejaríamos a nuestros hijos con un docente del siglo XIX, otorgándole todas las atribuciones que tenía cuando era docente? Si lo pensamos fríamente no lo haríamos. Como tampoco querríamos que un médico del siglo XIX se encargue de curar a nuestros hijos con la “tecnología” (conjunto de saberes y desarrollos científicos) de entonces.

Esto no implica un elogio sin reparos del aula actual. No es un aula apasionante para aprender, ni exenta de discriminación. Incluso esa libertad que la recorre muchas veces le impide la concentración para el estudio y el aprendizaje. Lo sabemos. Las aulas son históricas, como los quirófanos. Pueden haber cambiado menos que ellos, pero de ninguna manera son iguales que hace un siglo. Cuando salgamos de esa metáfora falsa podremos pensar más a fondo la innovación educativa. Ya no como algo que interrumpe un terreno imperturbable, sino como parte de un proceso histórico que ha tenido grandes cambios. Incluso son más importantes esos cambios para entender las innovaciones que el supuesto orden permanente del aula escolar. ¿Por qué? Porque las verdaderas innovaciones son puentes entre el pasado y el futuro, no saltos al vacío. Quien no entiende la historia está condenado a repetirla.


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